Jose Manuel Aparicio | Diálogos del pasado: cómo hacer creíble un diálogo en una novela histórica
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Diálogos del pasado: cómo hacer creíble un diálogo en una novela histórica

Hablar, hablar y hablar. Nuestros personajes literarios se comunican unos con otros constantemente mediante el diálogo. El concepto es sencillo, pero para  construir diálogos veraces se requiere técnica. ¿Cuántas obras habremos leído en las que no nos creemos lo que dicen los personajes ni cómo lo dicen? Y esto, aplicado a novela histórica, conlleva aún mayor dificultad. Hoy vamos a tratar este apartado creativo tan importante. ¡Comenzamos!

Este artículo no pretende ser una Biblia de los diálogos, tan solo ofrecer unas pinceladas que te servirán de guía. Ninguna recomendación ha de ser rígida ni dogmática. A partir de ahí, tú, como escritor, decidirás finalmente cómo quieres que se expresen tus personajes.

Tratemos someramente algunas pautas para redactar diálogos creíbles,  independientemente de la época en la que tengan lugar.

Observa el habla de la calle. Fíjate en cómo hablan tus amigos, tu familia, tú mismo. Esa es la primera pista. Un diálogo literario es un diálogo entre “personas”. Estamos simulando la realidad (o una posible realidad), de modo que copiemos de la vida misma.

Cuidado con los “personajes parraferos”. Son aquellos personajes que comienzan a hablar y no callan. Dan explicaciones que no vienen a cuento, como un profesor que estuviera impartiendo una infumable clase. Algunos escritores los utilizan como si fueran narradores. Imaginemos un personaje especialista en máquinas de asedio romanas o en arte y misterios históricos. De repente dicho personaje toma la palabra y nos suelta una parrafada con aires de científico experto que convierte su boca en una suerte de biblioteca andante. Habla y habla y habla… Sin parar. Lo detalla todo con palabras formales propias de un libro técnico. Frente a él, un interlocutor que afirma o formula alguna breve pregunta para que dé la sensación de que el “personaje parrafero” no se encuentra solo. Son, sencillamente, personajes no creíbles. No por la extensión de lo que dicen, sino por cómo lo dicen. Si quieres torturar al lector con su infinito conocimiento, no te cargues la verosimilitud del personaje. Utiliza mejor al narrador. Será igual de pesado, pero más creíble.

Establece un registro lingüístico. Al igual que unas personas son gordas o flacas, rubias o morenas, altas o bajas, los seres humanos no hablamos todos igual. Ni la extensión de lo que decimos ni los términos que empleamos. Hay quien habla mucho y quien habla poco, quien emplea insultos y quien se expresa con educación, quien todo el día formula preguntas y quien tartamudea… Cada personaje muestra una forma de hablar. No conviertas a tus personajes en clones. No habrá quien se los crea. Decide cuál es el registro comunicativo de cada uno de ellos y respétalo (sin extremismos) a lo largo de la narración. Eso lo convertirá en un ser casi de carne y hueso.

No abuses del verbo “decir”. Como sabes, los diálogos suelen llevar precisiones del narrador para indicar quién habla en cada momento. Un ejemplo:

—Mañana viajaré a Marsella —dijo el agente Flores.

Es correcto, ¿verdad? Puedes emplear “dijo” de cuando en cuando, pero no olvides que has de utilizar un vocabulario más rico para no resultar repetitivo con palabras genéricas. Veamos algunos verbos dicendi que te servirán de apoyo:

—Mañana viajaré a Marsella —anunció el agente Flores.

—Mañana viajaré a Marsella —comentó el agente Flores.

—Mañana viajaré a Marsella —comunicó el agente Flores.

 

No todo es hablar. Seguro que alguna vez alguien te ha dicho algo que no te gustó y no respondiste. O viceversa. Es decir, no encontraste la palabra para responder o, simplemente, decidiste callártela. Puede que te encogieras de hombros o que decidieras darle la espalda en señal de desprecio o discrepancia. El silencio y los gestos también forman parte de los diálogos. Sírvete de ello para que la comunicación entre personajes sea veraz, tal y como sucede en la vida real.

Ritmo. Este lo considero un concepto un tanto abstracto. Hay diálogos que pueden requerir más ritmo y otros, más pausa, depende de la situación y del tipo de obra que estés escribiendo. El cariz de la escena y el tipo de narrador ayudarán a determinar si el ritmo ha de ser más veloz y con pocas interrupciones o más relajado y con intervenciones del narrador para matizar, describir o reflexionar.

-Entrar en boca. Los guionistas emplean esta expresión cuando quieren decir que el parlamento del personaje se pronuncia bien y suena natural. Es decir, que es creíble. La siguiente pauta está directamente relacionada con esta y te permitirá comprenderla mejor.

El oído es el único juez. Este consejo de Robert Louis Stevenson, extensible al conjunto de la obra, resulta de especial aplicación a los diálogos. A menudo, la mejor forma de saber si un diálogo suena bien es pronunciarlo en voz alta. La literatura es musicalidad, y la musicalidad se percibe a través del oído. Lee tus diálogos y enseguida advertirás si funcionan o no.

 

Ha llegado la hora de poner un breve ejemplo. Me saco de la manga este diálogo para que lo evalúes:

 

El agente Flores, tumbado sobre un diván, contempla, pensativo, la moldura de yeso que decora el techo de la consulta.

—El alcohol es mi única compañía —empieza a decir.

—Dígame desde cuándo bebe.

—Hará tres o cuatro años. No lo sé, no lo recuerdo.

El psiquiatra toma notas y echa una ojeada a su paciente por encima de las gafas.

—¿Alguna otra adición? —pregunta.

—¿Esta le parece poca?

—Procuro establecer un patrón en su comportamiento.

—¿Qué patrón? Bebo demasiado, eso es todo.

—Comprendo.

—Eso dice, pero no comprende una mierda.

—Tranquilícese.

Flores se incorpora sobre los codos.

—¿Qué coño apunta en esa libreta todo el rato? —se exalta.

—Detalles de su personalidad.

—¿Detalles?

—Necesito conocerle bien para poder ayudarle.

 

Como ves he optado por un diálogo con ritmo y sin apenas intervención del narrador, centrado en los personajes, en lo que dicen, en cómo se comportan a través de sus palabras y sus gestos. Así, con su forma de expresarse, se describen a sí mismos; incómodo y airado el paciente, frío y reposado el psiquiatra.

Ahora bien, ¿qué hay de los diálogos en novela histórica? ¿Podemos aplicar estos consejos? Por supuesto, podemos y debemos (o al menos conviene). No olvidemos que estamos escribiendo para un lector del siglo XXI, que debe comprenderlos e interpretarlos. En cualquier caso, todo depende de tu gusto y del tipo de lector al que quieras dirigir tu obra.

Prestemos especial atención a los siguientes puntos:

Documéntate bien sobre el habla de la época: estudia y analiza la forma de expresarse de las personas del periodo que vas a describir. Existen términos y locuciones que actualmente no se emplean, pero que en su tiempo fueron de uso común y contribuirán a trasladar al lector por el tiempo. Ejemplo.

—¡Pardiez!

A los que os guste el capitán Alatriste os sonará. Esta interjección significa, entre otras cosas, “¡Por Dios!”.

No resultar pomposo. En novela histórica existe cierta tendencia a construir personajes que hablan de forma un tanto teatral e histriónica. Es decir, de forma un tanto exagerada, como si estuvieran declamando un texto de Shakespeare (o de Cervantes, qué narices). Reconozco que no es fácil encontrar el equilibrio. Mi sugerencia es usar, en general, un lenguaje actualizado con ribetes arcaicos. Pero sin pasarse. El abuso de términos en desuso dificulta la lectura (lo sé por experiencia como escritor). Me sirvo como ejemplo, exagerando, de un parlamento de El Quijote:

—Por ahora, esto se me ha ofrecido, Sancho, que aconsejarte: andará el tiempo, y según las ocasiones, así serán mis documentos, como tú tengas cuidado de avisarme el estado en que te hallares.

¿Te imaginas escribir así una obra destinada a un lector moderno? A más de culto habría a la fuerza de ser ome paciente e muy esforzado…

Aquí terminan los consejos del mes, querido lector. Espero que te sean de utilidad y que consigas diálogos brillantes para tus novelas. Un diálogo logrado es la mejor forma de conseguir que tus personajes atrapen al lector.

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