Jose Manuel Aparicio | César Augusto y la paciencia del escritor
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César Augusto y la paciencia del escritor

¿Crees que tu obra ya está lista para ser publicada? Es posible que sí, pero también puede ser que te equivoques. Ahora que me veo tremendamente seducido por la figura del princeps (o primer ciudadano) César Augusto (uno de los personajes de mi próxima novela), podemos echar mano de él para ofrecer algunos argumentos a favor de la paciencia a la hora de escribir. Y también prometo contarte un secreto.

Aparte de cargarse a un montón de potenciales enemigos políticos cuando era un joven triunviro, parece ser que, en el conjunto de su vida, Augusto no fue un mal tipo del todo. Lo cierto es que el considerado primer emperador de Roma nos dejó algunas frasecitas que, si nos paramos a pensar un poco, podemos aplicar a la vida en general. En nuestro caso, a la paciencia en el oficio de escribir. Una de las más famosas es Apresúrate despacio.

Con este oxímoron, Augusto hace alusión a su habitual cautela a la hora de tomar decisiones sobre, por ejemplo, el inicio de una guerra. Este es un buen consejo para nosotros los escritores, sobre todo si se es novel. La ansiedad es una emoción normal entre los artistas. La necesidad de comenzar a dar forma a una obra, de avanzar por ella y darla por terminada cuanto antes para deslumbrar al mundo. Esa ansia viva, como diría el humorista José Mota, puede inducirnos a pensar que nuestra obra ya está lista cuando, con frecuencia, no ha sido suficientemente trabajada. Puede que, a pesar de todo lo que has escrito, tu estructura argumental esté mal planteada, que muestres personajes deslavazados, que no te hayas tomado en serio la corrección del texto… Es posible que incluso no hayas hecho ningún trabajo de organización previo (que no es obligatorio, pero sí aconsejable). Este tipo de errores son habituales. Por eso hay que ser cuidadoso y no dejarse llevar por las prisas. Aquí tiro otra vez de nuestro buen Augusto, que también solía decir que lo que se hace deprisa no se hace bien.

Te cuento el secreto prometido. Yo tardé varios años en dar por terminada mi primera novela, Banderizos. Entre documentarme, preparar la historia, escribir un primer borrador, luego un segundo y corregirlo, pasó más tiempo del que, en realidad, me hubiese gustado. Que no cunda el pánico, no hay por qué tardar tanto. Yo compartía la actividad literaria con la profesional, y eso no suele ser fácil. Probablemente lo sabes. Piensa que, además, ha sido una primera novela, no tenía experiencia, y con la primera es con la que más se aprende. Cometí errores y los fui subsanando por el camino. Mi maestro de escritura, Ramón Alcaraz, mi Atenodoro literario, me dio grandes consejos. Podría haberla dado por terminada antes con menos esfuerzo, haberme dado ese gustazo de finalizarla y editarla. ¿Habría disfrutado con la experiencia? Desde luego que sí. Creo que hubiera sido una obra más o menos decente, y que habría tenido precio el placer de verla publicada mucho antes. Pero sin esa paciencia tampoco sería la novela que ahora es. Lo cierto es que verla publicada no era mi prioridad, eso ya llegaría. Siempre tuve claro que la prisa era una mala consejera, que lo que me importaba era hacerlo lo mejor posible, aprender con el proceso e intentar conseguir el resultado que consideraba que debía alcanzar. Por ello fui paciente y concienzudo.

Mucho ojo, no equivoquemos conceptos. Ser paciente y concienzudo no significa ser un tiquismiquis y tirarte toda la vida mirando si una coma va mejor aquí o allá, si ahora es mejor esta frase un poco más arriba o abajo. Cuando llevamos mucho trabajando en una novela, nuestra mente se satura ante el mismo texto, y finalmente somos incapaces de evaluar con claridad si un texto está peor o mejor, si tiene coherencia o si es un desatino. Esa es la hora en la que has de poner la obra en manos de familiares y amigos o, mejor aún, en manos de un lector editorial que la evalúe para detectar sus fallos y comentar sus virtudes. Los familiares y amigos suelen ser demasiado benévolos con sus valoraciones por eso de no ofender, los lectores editoriales no lo son.

Tampoco olvides ser comprensivo contigo mismo y entender que todo es cuestión de evolución. Toda mejora requiere tiempo, no te vuelvas loco pensando que tu obra tiene que ser perfecta, porque la perfección no existe, y solo con el tiempo, después de haberte centrado en nuevos proyectos, podrás comprobar tus progresos.

Ten presente también que nuestro trabajo como escritores será más fiable y lo ejecutaremos con más rapidez y eficacia si utilizamos un método. Establecer un plan que nos permita saber qué hacer y en qué orden. Conflicto, estructura, personajes… Este trabajo preliminar forma parte de la paciencia; ya que no es escritura en sí misma, pero tiene casi tanta importancia como ella. Sobre esto hablaré en otro artículo, así que atentos…

De momento, cierro este primero invitándote a que, sencillamente, grabes en tu mente esta idea: Apresúrate despacio para que tu obra alcance la máxima calidad posible.

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2 Comentarios
  • Berta Carmona
    Publicado a las 06:40h, 30 agosto Responder

    Extraordinario. Me encanta el enfoque de tu blog y el tema que tratas en este artículo. Ay, las prisas, qué malas consejeras… Gracias por esta píldora de filosofía y sabiduría tan aplicable a la escritura y a la vida en general. Y bienvenido a la blogosfera. 😉

    • JMA
      Publicado a las 09:43h, 30 agosto Responder

      Muchas gracias por tu comentario, Berta 🙂 En efecto, la paciencia es la madre de la ciencia, como se suele decir. De aplicación a la escritura y a la vida en general. ¡Por aquí nos veremos! Saludos.

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